Gaza: la hambruna que el mundo permite
El 7 de octubre de 2023 marcó un punto de quiebre. Ese día, milicianos de Hamas cruzaron la frontera desde Gaza hacia el sur de Israel, mataron a más de mil personas, secuestraron a civiles y desataron una brutal reacción. Las imágenes recorrieron el mundo entero. Pero lo que vino después fue más que una respuesta militar: fue un castigo colectivo que aún hoy, en septiembre de 2025, continúa matando, lenta y despiadadamente, a un pueblo sitiado y abandonado.
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A esta altura, incluso muchos analistas y exfuncionarios israelíes no descartan que lo ocurrido ese 7 de octubre haya sido algo más complejo. Se habla, con cada vez menos temor, de un posible “permiso tácito” al ataque o incluso de una operación de bandera falsa, algo que parecería impensable… si no fuera porque desde hace años hay voces dentro del propio gobierno israelí que hablan abiertamente de la necesidad de expulsar a toda la población de Gaza, o como mínimo, reducirla a la mínima expresión.
Basta con repasar algunas de las declaraciones que se escucharon desde el inicio del conflicto.
El ministro de Defensa israelí, Yoav Gallant, dijo con total frialdad: “Estamos combatiendo contra animales humanos, y actuaremos en consecuencia”. El presidente Isaac Herzog, que se supone debería representar una voz moderada, afirmó que “toda la población de Gaza es responsable”. Hay oficiales que hablaron de “crear una hambruna controlada”. Y eso, exactamente eso, es lo que se hizo.
Desde los primeros días, Gaza fue cercada por completo. No se permitió la entrada de agua, combustible, medicinas ni alimentos. Se bombardeó deliberadamente la infraestructura civil: hospitales, panaderías, fábricas de agua, depósitos de ayuda humanitaria, escuelas, mezquitas y refugios de la ONU.
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Los que lograban sobrevivir a las bombas, tenían que enfrentarse a algo peor: el hambre.
Y no hablo en abstracto. Hablo de bebés que mueren con los ojos abiertos, sin fuerza para llorar. Hablo de niños que caen desplomados en medio de la calle porque llevan días sin comer. Hablo de madres que no pueden amamantar porque su propio cuerpo está al borde del colapso. Hablo de hospitales, sin leche, sin suero, sin oxígeno. Hablo de cadáveres que no se entierran porque no hay lugar ni tiempo ni fuerza.
Vi las imágenes. Las vi y no dormí. Las vi y lloré. Niños que pesan cinco kilos cuando deberían pesar quince. Niños a los que se les ve cada hueso. Abuelos que entregan su última galleta a un nieto. Madres que reparten media taza de arroz entre seis. ¿Cómo puede alguien defender esto? ¿Qué mente, qué corazón, qué alma puede justificar que un niño muera de hambre en pleno siglo XXI, con satélites sobrevolando cada centímetro del planeta, con millones de toneladas de comida almacenada en puertos a pocos kilómetros?
La palabra “hambruna” suena a Edad Media, a peste, a sequía. Pero esto no fue una fatalidad. Fue una decisión. Se usó el hambre como arma. Se bloqueó el paso de ayuda con excusas absurdas. Se dejó pudrir la comida mientras niños morían. Y se hizo con la complicidad de gran parte del mundo que mira hacia otro lado, o que se limita a emitir declaraciones vacías, sin consecuencias, sin sanciones, sin coraje.
A esta altura no tengo el menor interés en parecer imparcial. No puedo. No quiero. Se me parte el alma. Veo a esos niños y pienso en los míos. Veo a esas madres y pienso en mi madre. Y veo a esos hombres que resisten con las manos desnudas, y pienso que aún queda dignidad donde casi todo fue arrancado.
Lo que ocurre en Gaza es un crimen. Un crimen que no puede explicarse solo con geopolítica, ni con balances militares. Es un crimen contra la humanidad. Es la repetición de una historia vieja, en la que los poderosos inventan enemigos para justificar exterminios, y donde las víctimas no tienen nombre, ni tumba, ni justicia.
No me importa quién lo dice: si un diplomático, un general, un periodista, un académico. Si alguien justifica la muerte por hambre de un solo niño palestino, entonces no habla desde la razón, ni desde la seguridad, ni desde la ley. Habla desde el odio. Y yo, desde este pequeño rincón del mundo, desde este blog, quiero al menos dejar constancia de que vi, entendí y no callé.
Gaza no se muere. A Gaza la están matando. Y en nombre de todos los que aún creemos que la vida de un niño vale más que cualquier frontera, bandera o dogma, no lo vamos a olvidar.



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