Destitución de Dina Boluarte, Chancay y el corredor bioceánico: el tablero geopolítico del Pacífico Sur
Dina Boluarte
Imagen: Commons.wikimedia
La destitución de Dina Boluarte no puede entenderse solo como un episodio más de la crisis política peruana. En un país donde los presidentes duran menos que los proyectos estratégicos, los factores externos pesan tanto como los internos. Y en este caso, el contexto regional coloca al Perú en el centro de una disputa mayor: la que enfrenta a China y Estados Unidos por el control logístico del Pacífico Suramericano.
El puerto de Chancay, en manos de la empresa estatal china COSCO Shipping Ports, es la llave del proyecto que busca conectar el Atlántico brasileño con el Pacífico peruano mediante el ferrocarril bioceánico. Esa obra, impulsada por Brasil y financiada en gran parte por capital chino, modificaría de raíz las rutas de comercio del continente. Permitiría que los productos brasileños lleguen a Asia sin pasar por el Canal de Panamá ni por los puertos controlados por conglomerados occidentales.
Lula da Silva y Xi Jinping ven en este eje terrestre una oportunidad histórica: unir el corazón productivo sudamericano con el sistema portuario asiático, dentro de la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Es decir, insertar a Sudamérica en la red euroasiática de infraestructura que China viene construyendo desde hace una década.
Washington observa este movimiento con preocupación. Un puerto chino en la costa del Pacífico, conectado directamente con Brasil, implica mucho más que comercio: supone presencia estratégica, control de flujos, influencia política y potencial logístico de doble uso. Estados Unidos pierde capacidad de intermediación y, con ella, parte de su hegemonía económica sobre la región.
Perú, atrapado entre esos intereses, se convierte en el eslabón más débil de la cadena. Dina Boluarte gobernaba con mínima legitimidad interna, sin base popular y sostenida por un Congreso fragmentado, permeable a presiones externas. En ese contexto, cualquier movimiento que afectara intereses de potencias mayores podía alterar los equilibrios. La política peruana es el terreno ideal para operar reacomodamientos rápidos: los gobiernos caen, pero los proyectos estratégicos quedan en disputa.
El momento de su destitución coincide con una etapa decisiva para el puerto de Chancay, cuya inauguración está prevista para 2025, y con el impulso del memorando Brasil-China para desarrollar el ferrocarril bioceánico. No se trata de una casualidad menor. La caída de Boluarte puede interpretarse como parte de la pugna por definir quién controlará las condiciones políticas bajo las cuales se consolidará o frenará esa integración continental.
Si el proyecto avanza, China y Brasil obtendrán una vía directa de intercambio Atlántico-Pacífico, reduciendo costos y tiempos, y proyectando una autonomía logística sin precedentes para Sudamérica. Si se frena, Washington habrá ganado tiempo para recomponer su influencia, quizás impulsando alternativas propias o asegurando que Perú permanezca dentro de su órbita diplomática y económica.
Lo que está en juego no es solo un puerto ni una línea ferroviaria: es el modelo de inserción geoeconómica del continente. Entre la ruta euroasiática que impulsa Pekín y la estructura atlántica sostenida por Washington, América del Sur define lentamente su destino. Y el Perú, hoy más que nunca, es uno de los tableros donde se juega esa partida.
Fuentes
AP News, EFE, Infobae, La República (Perú), Reuters, Xinhua, Financial Times, Global Times.

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