¿Quién disputa hoy el control del Sur Global?

 

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Durante décadas se habló de “países subdesarrollados”, “en vías de desarrollo” o “periferia”. Hoy esas expresiones están quedando viejas porque ya no describen el rol que ocupan estas naciones en la arquitectura del poder mundial. La expresión “Sur Global” se impone para dar cuenta de un conjunto de países que, lejos de ser meros receptores pasivos de decisiones tomadas en los grandes centros, se han convertido en el nuevo escenario donde colisionan potencias, bloques regionales emergentes y corporaciones que operan con un nivel de influencia equivalente —y a veces superior— al de muchos gobiernos. En América Latina, el mapa se actualiza a cada mes: algunos países buscan amarrarse al paraguas estratégico de Estados Unidos; otros se integran a la constelación ampliada del BRICS; y muchos se encuentran atrapados entre ambas corrientes.

La región no es la excepción sino la norma de un fenómeno global. El Sur es el campo de batalla donde se disputa el diseño del poder del siglo XXI. No solo gobiernos, sino gigantes financieros, fondos de inversión y conglomerados tecnológicos compiten por recursos estratégicos, corredores logísticos, infraestructuras críticas, influencia política y capacidad de orientar modelos económicos completos. Al igual que la Compañía Británica de las Indias Orientales en el siglo XVII, que actuaba como un Estado dentro del Estado, hoy actores como BlackRock, Vanguard, State Street o las grandes firmas tecnológicas intervienen en la política internacional con una capacidad imposible de imaginar hace unas décadas.

La tensión entre Estados Unidos y el bloque que hoy articula China junto con Rusia se proyecta sobre América Latina, África, Medio Oriente y el Sudeste Asiático. Y cada país debe buscar su equilibrio en un tablero cada vez más complejo, donde las lealtades ideológicas ya no alcanzan para explicar los movimientos: lo que hay detrás es una puja por recursos y mercado, pero también por sentido histórico.

A continuación, un panorama detallado de cómo se expresa esa disputa en América Latina y cómo se relaciona con estas dinámicas globales.


El Sur Global como nuevo centro de gravedad

Desde la expansión colonial europea hasta los tratados desiguales del siglo XX, los países del Sur funcionaron como proveedores de materias primas y consumidores dependientes. Pero en las últimas tres décadas ocurrieron cambios decisivos: el ascenso económico de China, la reconfiguración energética mundial, la transición digital, la crisis del orden liberal y el resurgimiento de Eurasia como polo geopolítico. Estos procesos desplazaron la atención estratégica hacia regiones ricas en minerales críticos, biodiversidad, agua, litio, petróleo, gas, tierras raras y mercados jóvenes.


Es decir, hacia el Sur Global

Los países latinoamericanos, africanos y del Sudeste Asiático se transformaron en piezas codiciadas. Aun cuando mantienen grandes desigualdades internas, poseen territorios indispensables para la transición tecnológica, la alimentación del planeta y el abastecimiento energético de las potencias. Y las potencias lo saben: la disputa ya no ocurre únicamente entre Estados; los grandes conglomerados financieros globales se han convertido en actores centrales que influyen en los gobiernos, orientan inversiones y condicionan políticas públicas.

Así como en el siglo XVIII la Compañía de las Indias construyó puertos, financió ejércitos, impuso leyes y manejó la economía de regiones enteras, hoy gigantes financieros controlan paquetes accionarios en empresas estratégicas, fondos de pensión, deuda pública, infraestructura digital y sectores energéticos esenciales. El Sur Global se encuentra entre estos dos mundos: gobiernos que buscan autonomía y corporaciones que buscan maximizar influencia.


Un mapa latinoamericano que se reorganiza

América Latina no posee una postura uniforme. Cada país acomoda sus relaciones según sus urgencias económicas, su estabilidad política y su lugar en el mercado global. La región completa se ha convertido en el escenario donde colisionan tres fuerzas: Washington, el espacio BRICS y las corporaciones globales.


Brasil: autonomía con anclaje en el BRICS

Brasil es el ejemplo más claro de un país del Sur que intenta escalar al rango de potencia media y jugar su propio juego. Su integración al BRICS no es coyuntural: responde a una estrategia diplomática que busca autonomía respecto de cualquier hegemonía externa. Brasil sabe que su mercado, sus recursos y su peso regional lo convierten en un actor indispensable para cualquiera de los grandes proyectos geopolíticos. Por eso mantiene vínculos con Estados Unidos, pero construye institucionalidad con China, Rusia, India y Sudáfrica como un camino para ampliar margen de maniobra.


Argentina: alineamiento con Washington en un contexto de crisis

Argentina se ha inclinado de manera nítida hacia Estados Unidos. Su política exterior se organiza alrededor de esa preferencia, lo cual implica distanciarse de BRICS incluso después de haber recibido invitación formal para integrarse. La relación directa con el sistema financiero global —donde fondos como BlackRock o Templeton tienen décadas de presencia— es un componente estructural. Este alineamiento responde tanto a convicciones políticas como a la necesidad de sostén financiero.


México: un equilibrio condicionado por la geografía

México es un caso donde la voluntad política tiene un límite geográfico y económico. Su dependencia del mercado estadounidense, su integración productiva mediante el T-MEC y su posición estratégica en la seguridad regional impiden que rompa con Washington. Sin embargo, mantiene discursos autónomos, cooperación Sur-Sur y vínculos con China. El margen existe, pero no alcanza para dar un giro dramático hacia BRICS.


Colombia: socio histórico de Estados Unidos

Colombia sigue siendo uno de los socios más estables de Estados Unidos. Su estructura de seguridad, sus sistemas de inteligencia y sus acuerdos militares consolidan ese vínculo. Aunque el gobierno de Petro marcó diferencias discursivas, el anclaje estructural no cambió. El país no se perfila hacia BRICS.


Chile: pragmatismo económico y doble juego inevitable

Chile combina institucionalidad promercado, afinidad con Estados Unidos y una relación comercial profundísima con China. Su economía depende del gigante asiático para exportaciones estratégicas (especialmente cobre). Prefiere no elegir; administra ambas esferas. Es un pragmatismo que refleja la lógica de muchos países del Sur Global: maximizar beneficios sin entrar de lleno en ningún bloque.


Perú: inestabilidad y política exterior sin rumbo

Perú vive una crisis crónica que impide la construcción de una política exterior coherente. Sus lazos con Estados Unidos siguen vigentes, pero también depende de inversiones chinas en minería e infraestructura. Es un país atravesado por la disputa entre potencias sin una estrategia propia clara.


Ecuador: retorno a una relación estrecha con Estados Unidos

Ecuador se ha reubicado bajo el paraguas estadounidense, especialmente en seguridad y acuerdos de cooperación. La orientación es clara y se sostiene incluso frente a un contexto regional más abierto a la multipolaridad.


Bolivia: recursos estratégicos y apertura hacia BRICS

Bolivia se acerca al bloque ampliado del BRICS porque su litio es un recurso codiciado por China. Aunque atraviesa tensiones internas, existe una convicción estructural: el país obtiene más beneficios diversificando hacia Eurasia que manteniendo dependencia de Estados Unidos.


Venezuela: alianzas extrarregionales y desafío a Washington

La relación con Rusia, China e Irán es un componente central del proyecto político venezolano. Su interés en sumarse al BRICS es explícito. La estrategia apunta a sobrevivir al bloqueo financiero y a equilibrar la asimetría con Estados Unidos.


Cuba: continuidad de una alineación histórica

Cuba mantiene su modelo tradicional: vínculos estrechos con Rusia y China, búsqueda de financiamiento y cooperación tecnológica. Observa con interés la expansión del BRICS como espacio alternativo al sistema occidental que la ha aislado por décadas.


Uruguay: institucionalidad liberal, comercio con China

Uruguay conserva afinidad con Occidente, pero simultáneamente busca abrirse a China con un tratado de libre comercio bilateral. Su pragmatismo lo coloca en un punto intermedio: cercano a Estados Unidos en términos institucionales, pero atento a las oportunidades que ofrece Asia.


Paraguay: uno de los más firmemente alineados a Estados Unidos

Paraguay mantiene reconocimiento a Taiwán, lo cual condiciona su distancia con China. Es uno de los países más firmemente anclados a Washington y no se proyecta un cambio en ese sentido.


Corporaciones globales: el actor silencioso del siglo XXI

A la par de las potencias estatales, existe un actor cuya magnitud muchas veces pasa desapercibida: las corporaciones financieras y tecnológicas. Estos conglomerados participan en decisiones de política económica, orientan inversiones decisivas y poseen una capacidad de lobby que influye tanto como la diplomacia tradicional.

El paralelismo histórico es claro. La Compañía de las Indias no era solo un ente comercial: tenía su propia flota, podía declarar guerras, administraba territorios y emitía moneda. Operaba como un Estado corporativo que colonizaba en nombre de la Corona británica, pero también en nombre de sus propios accionistas.

Hoy los fondos de inversión poseen la misma capacidad de influencia, aunque bajo un marco institucional distinto. BlackRock administra activos equivalentes al PBI de varias potencias. Su participación en sectores estratégicos —energía, alimentos, farmacéutica, tecnología, armamento, infraestructura, minería— le otorga una presencia transversal. Vanguard y State Street completan un triángulo que, sin bandera ni ejército propio, tiene una capacidad de influencia planetaria.

Las empresas tecnológicas —que controlan datos, plataformas, sistemas operativos, inteligencia artificial y comunicaciones— también operan como actores geopolíticos. No colonizan territorios, pero colonizan infraestructuras y modelos de vida. En muchos países del Sur Global su influencia es mayor que la de los gobiernos, y condiciona desde elecciones hasta reformas educativas.

Estos actores no reemplazan a los Estados, pero se integran con ellos en una trama de poder híbrida. Estados Unidos utiliza su sistema financiero y su tecnología como brazos de intervención global; China utiliza sus corporaciones estatales como brazo de expansión; Rusia utiliza energéticas y empresas de defensa. El resultado es una disputa donde gobiernos y corporaciones actúan como socios, competidores o intermediarios.


La multipolaridad: oportunidad o nueva dependencia

Muchos países del Sur Global ven en el ascenso del BRICS una oportunidad para diversificar su dependencia. Después de un siglo de hegemonía estadounidense, China, India y Rusia abren alternativas económicas y tecnológicas que pueden reducir la vulnerabilidad estructural de estas naciones. Sin embargo, no hay garantías: la multipolaridad no es sinónimo de libertad automática. Puede convertirse en una nueva forma de competencia entre poderes externos por controlar los mismos recursos.

El litio sudamericano, la biodiversidad amazónica, los corredores bioceánicos, la energía del Cono Sur, el cobre chileno, el petróleo venezolano, los puertos estratégicos de Centroamérica, las rutas digitales y hasta el control de los cielos mediante satélites componen un rompecabezas donde cada pieza vale oro.

La pregunta central es si los gobiernos del Sur tienen capacidad institucional suficiente para negociar en mejores términos. Algunos países avanzan en ese sentido; otros siguen atrapados en tensiones internas o presiones externas. La multipolaridad, cuando no se acompaña de autonomía estratégica, solo multiplica los centros de dependencia.


Un tablero más complejo que nunca

América Latina vuelve a ser un espacio disputado, no ya por la geopolítica ideológica del siglo XX sino por la geoeconomía del XXI. Es un terreno donde se cruzan intereses de potencias, estrategias corporativas y agendas nacionales fragmentadas. El Sur Global en su conjunto se ha transformado en el epicentro de una pugna que define quién controlará los recursos críticos, las tecnologías emergentes y los mercados del futuro.

La diferencia con el pasado colonial no es la naturaleza de la competencia; es su escala. Antes eran imperios; hoy son imperios estatales y corporativos. Antes la Compañía de las Indias construía su propio negocio con apoyo de una monarquía; hoy fondos de inversión globales, empresas tecnológicas y bloques regionales actúan simultáneamente, articulando intereses que no siempre coinciden con los de los Estados que representan.

En ese escenario, América Latina enfrenta una encrucijada histórica: o se convierte otra vez en la arena donde otros deciden su destino, o encuentra los mecanismos para convertirse en actor en un mundo que, por primera vez en siglos, está verdaderamente abierto a múltiples polos de poder. El Sur Global es la nueva frontera de esa disputa. Y la historia aún se está escribiendo.



Fuentes

– CEPAL: informes sobre estructura productiva y dependencia regional

– CELAG: análisis geopolíticos y económicos latinoamericanos

– FLACSO: estudios sobre relaciones internacionales y política exterior

– CLACSO: investigaciones sobre el Sur Global y multipolaridad

– BBC Mundo: cobertura de relaciones entre BRICS y América Latina

– El País internacional: reportes sobre inversiones y tensiones entre potencias

– Sputnik Mundo: materiales sobre BRICS y reconfiguración global

– France24 en español: contexto regional y disputa entre grandes potencias


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